Estábamos muy felices disfrutando del desayuno. Coronamos a Áxel como Emperador de la Confederación... y procedió a dar su primer discurso.
—Desde este momento, mi guardia irá siempre armada. Nadie se atreverá a tocarme. ¡Si alguien quiere guerra, tendrá guerra!
—¡Pero Áxel! ¿Armas? ¿Guerra? ¡Esto es la Confederación Irenaica! No creemos en la guerra.
—¡Para garantizar la paz, hace falta la guerra!
—Pero majestad, si aquí solo vienen los planetas que quieren ser miembros. En tiempos de Mélek...
—¿Mélek? ¿Cómo que Mélek? ¿Cómo te atreves a cuestionarme? ¿Estás con el enemigo?
Áxel humilló públicamente a todos los que le llevaron la contraria, y los expulsó de la Confederación y de los planetas miembros. ¡Por fin vimos su verdadera cara... y daba muy mal rollo!
—¡Hemos coronado a un tirano! ¿Qué hacemos ahora?
—¡Ojalá Mélek estuviera aquí! ¡Pero no sabemos a dónde ha ido, ni cómo contactar con él!
Decidimos hacer lo más lógico cuando las cosas se tuercen y no sabemos cómo arreglarlas: llamar a nuestros padres.
Durante el resto del día, intentamos disimular para no provocar a Áxel mientras buscábamos una solución.
Y por la tarde, Áxel anuncia: —He ordenado que preparen para vosotros unos juegos de agua.
Pero en cuanto Áxel se fue, nos reunimos para alabar a Dios juntos, y para contar a nuestras familias todo lo que habíamos vivido y aprendido.
De pronto, la Fuente nos abrió los ojos:—Hemos revisado vuestro libro, la Biblia, y encontramos una historia sospechosamente parecida a lo que habéis estado viviendo: la de Absalón y el rey David.
Nos fueron contando toda la historia: el hijo de David, el rey de Jerusalén ("Jerusalén" significa "ciudad de paz", o "ciudad irenaica"), cuya hermana Tamar (¿Natyra?) fue víctima de su hermano Amnón (¿Adrion?) y, viendo la pasividad de su padre para hacer justicia, se vengó haciendo matar a su hermano.
Estuvo escapado, acabó volviendo, ganándose el corazón del pueblo, autoproclamándose rey y humillando a las personas que habían servido a su padre... ¡Encajaba demasiado! No podía ser casualidad.
—¿Y cómo acaba la historia de Absalón?
—Puesss bastante mal. Su padre David vuelve hacia Jerusalén con sus aliados, y se inicia la batalla. Absalón huye por el bosque de Efraín hasta que se le engancha esa maravillosa melena en un árbol... Y ahí, aunque David había dicho que nadie tocase a su hijo... Joab, uno de los generales de David, lo atraviesa con su espada. El rey David se queda destrozado, y su hijo... Muerto.
—¡No puede ser! ¡Hay que evitar que la historia acabe así!
Juntos reflexionamos sobre la historia de Absalón y David, ese rey que tenía el corazón "conforme al corazón de Dios". ¿Qué había en el corazón de David? ¿Es que era perfecto? ¡Para nada! Pero David era alguien que reconocía su propia maldad y su necesidad de que Dios le perdonará y limpiará. "Yo soy parte del problema. Estoy lleno de pecado. Crea en mí, Dios, un corazón limpio".
El mismo Dios que perdonó y limpió a David, también nos ofrece perdón y salvación a nosotros.
Tras pensar en esto, decidimos llamar a Áxel, y contárselo todo.
—¡No queremos que acabes así, Áxel!
—¿Me estáis amenazando? ¿Creéis que tengo miedo? ¿Cómo os atrevéis a cuestionarme? ¡No pienso cambiar nada!
Tristemente, Áxel seguía empecinado en tomar malas decisiones. Nos quedamos tristes por él. Ojalá Mélek estuviese aquí. Quizás él le haría entender.
Cuando nuestros padres se fueron, vimos una peli, y nos fuimos a la cama. Necesitamos descansar y pensar algo para solucionar esto.
¡¡Pis... di...ca!!

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