Amaneció con un silencio abrumador. La guerra había terminado. Áxel había muerto. La Confederación Irenaica sobrevivía, pero no había celebración. Nadie sabía dónde estaba Mélek.
Hicimos nuestro día de forma habitual, pasando un tiempo de deportes y juegos...
Hasta que, al fin, Mélek apareció. Hicimos un acto conmemorativo para Áxel.
Su padre, con la cara llena de lágrimas, se rompió delante de nosotros.
Quisimos responder dándole ánimos, pero él no podía escuchar, simplemente acabó emitiendo el lamento que ya habíamos oído:
—¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Áxel! ¡Hijo mío, hijo mío!
¿Por qué decía eso? Áxel lo traicionó, quiso arrebatarle el
trono, actuó sin importar las consecuencias. Y aun así, su padre estaba
dispuesto a dar la vida por él.
En ese momento, entendimos que esta historia no iba solo sobre Áxel y Mélek, ni sobre David y Absalón: era la historia de la humanidad.
Mélek se fue, muy triste y nos quedamos reflexionando con Anabel, pensando en una humanidad que constantemente falla a su creador, pero Dios, a pesar de todo, quiere dar la vida por nosotros y sigue amándonos como un Padre de amor.
El día continuó, tuvimos agua, juegos, torneos...
Antes de cenar, Mélek se reunió otra vez con nosotros. Tuvimos la oportunidad de consolarlo, y él nos habló de algo que había descubierto.
—He leído en vuestro libro la historia de David, y su experiencia. Me ha ayudado mucho. Pero lo que más me ha animado ha sido ver lo que Dios hizo después.
Nos contó sobre el Rey que realmente murió por su pueblo. Mélek había querido morir en el lugar de Áxel… pero no podía. Jesús sí vino a ocupar nuestro lugar. Y en este mundo, ante la realidad de la muerte de un ser querido, Dios también lloró. “Jesús lloró” (Juan 11:35).
En Jesús vemos a Dios probando la soledad de quien sufre, viviendo la injusticia de un mundo roto, cargando cada pena de padre y madre que ha enterrado un hijo.

—Dios también dijo “Prefiero morir yo antes que perderte a ti”. Cuando lo hizo, la maldad, la guerra y la muerte perdieron su poder; y la reconciliación, la paz y el amor ganaron la batalla. Jesús lo consiguió tal como habíamos cantado: “No con espadas, ni con opresión, sino con la paz”. En la cruz, la paz venció a la batalla. Jesús es el Rey perfecto en el que encontramos la paz y la justicia que buscamos.
Después de flipar bastante con Jesús, y de concienciarnos de que tenemos el mayor mensaje de reconciliación jamás oído (“Y tenemos que compartir esta noticia. ¡Seamos mensajeros de esperanza por toda la confederación!”)... ¡No nos quedó más remedio que celebrarlo por todo lo alto!
Hicimos una fiesta intergaláctica con Pradorama, que moló mucho...
Una cena especial en la que nuestras cocineras nos dejaron, una vez más, con la boca abierta y los estómagos felices: alucinar con las tartas galácticas!!! (y comerlas aún fue mejor!!)
Después tuvimos una velada de despedidas, donde graduamos a las personas más veteranas, hubo agradecimientos, abrazos...


















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